Muchas veces llegan familiares preocupados diciendo: “Mi mamá está más confundida que de costumbre, ¿será que la demencia está avanzando?”. Y aunque es una pregunta válida, no siempre la respuesta es sí. En geriatría, una de las claves es saber diferenciar entre delirium y demencia, porque aunque ambos afectan la mente, lo hacen de formas muy distintas.

El delirium aparece de repente. A veces en cuestión de horas. El paciente puede estar bien por la mañana y completamente desorientado por la tarde. Lo más característico es que los síntomas van y vienen: hay momentos de lucidez y otros de confusión profunda. Esto suele estar relacionado con infecciones, medicamentos, hospitalizaciones o desequilibrios en el cuerpo. Lo importante es que el delirium es reversible, pero hay que actuar rápido.
La demencia, en cambio, es una condición que avanza poco a poco. Los cambios son sutiles al principio: olvidos, dificultad para encontrar palabras, desorganización. Con el tiempo, se vuelve más evidente y afecta la vida diaria. No hay fluctuaciones bruscas como en el delirium, sino una evolución constante. Aunque no es reversible, sí se puede acompañar y mejorar la calidad de vida con el enfoque adecuado.
¿Por qué es tan importante distinguirlos? Porque el delirium puede parecer una “demencia repentina”, y si no se trata, puede empeorar gravemente. Y porque entender lo que está pasando permite tomar mejores decisiones, tanto médicas como familiares.
Como geriatra, mi objetivo es ayudar a ver con claridad lo que a veces parece confuso. Si notas cambios en el estado mental de un ser querido, no lo dejes pasar. A veces, lo que parece irreversible, no lo es.

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